Durante estos últimos meses, he tenido el privilegio de ser testigo de cómo el Programa Juvenil Conectándonos MÁS se ha ido desarrollando, no solo como una serie de talleres, sino como un espacio vivo y palpitante de conexión, memoria, creatividad y sentido de pertenencia. Cada encuentro me ha recordado que el liderazgo juvenil no siempre se manifiesta de manera ruidosa o de golpe. A veces comienza en un momento de quietud: un joven que decide compartir un pensamiento, hacer una pregunta, intentar un movimiento, hablar frente a sus compañeros u ofrecer un fragmento de su historia al grupo. Espero que mis observaciones los convenzan a ustedes y a sus amigos de venir y ser testigos —el sábado 6 de junio, en El Centro de La Raza (Centro Cultural Centilia), de 2:30 PM. a 5:00 PM.— de lo que los Jóvenes han estado realizando durante los últimos tres meses.
Lo que he presenciado con mayor profundidad es que este programa está brindando a nuestros jóvenes un espacio para encontrar y ejercitar sus propias voces. No solo en el sentido de hablar en voz alta, sino en el sentido más amplio de aprender que su voz posee historia, peso, ritmo y propósito. Algunos jóvenes han compartido que el programa les ha ayudado a sentirse más seguros al abordar temas serios y desconocidos. Otros han reflexionado sobre el hecho de que están aprendiendo a comunicarse mejor, a abogar por los demás y a comprenderse a sí mismos en relación con su pasado afrodiaspórico. Esos momentos permanecen conmigo, pues demuestran que el aprendizaje no es meramente informativo; es personal. Está calando hondo en su interior.
Hay algo muy poderoso en ver a los jóvenes darse cuenta de que la historia no es solo algo que sucedió antes de que ellos existieran. A través de este programa, están aprendiendo que la historia también vive en el cuerpo, en la música, en la comida, en la danza, en las historias familiares, en el lenguaje, en la resistencia y en las formas en que nuestras comunidades continúan reuniéndose. Mediante la capoeira, las tradiciones garífunas, la bomba, la narración de historias, la poesía y el arte colectivo, se invita a los jóvenes a experimentar la afrolatinidad como algo vivo. No se limitan a leer sobre cultura; se mueven a través de ella, la escuchan, la cuestionan, crean con ella y comienzan a reconocerse dentro de ella.
Uno de los momentos que más me conmovió fue la actividad del acróstico sobre la afrolatinidad, en la que jóvenes y adultos nombraron aquello que les venía a la mente al pensar en este concepto. Palabras como Liberación, Cultura, Esperanza, Identidades, Alma ancestral, Fortaleza, Resistencia, Razas, Orgullo, Amor, Tradición, Negritud y Comunidad comenzaron a llenar la página. En esas palabras, pude ver cómo se gestaba un lenguaje compartido. Un lenguaje de orgullo.
Un lenguaje de memoria. Un lenguaje de retorno. También pude sentir cómo los jóvenes se inclinaban hacia una comprensión más profunda de quiénes son y de dónde provienen.
Lo que resulta especialmente significativo es la manera en que el programa crea un espacio para la unidad entre diferentes comunidades. Nuestros jóvenes provienen de distintas familias, países, idiomas, historias migratorias y vínculos culturales. Sin embargo, dentro del programa, se les invita a percibir las conexiones que existen entre ellos.
Están aprendiendo que, si bien nuestras historias no son idénticas, muchas de nuestras comunidades comparten experiencias de desplazamiento, resistencia, supervivencia, creatividad y alegría. Están aprendiendo que la capoeira (arte marcial), la bomba (danza), las tradiciones garífunas (lenguaje y música) y otras tradiciones afrodiaspóricas no son lecciones aisladas, sino distintas puertas de entrada a una historia más amplia de resiliencia negra a lo largo de las Américas.
También he notado lo importante que resulta para los jóvenes ver que la cultura es portadora de personas reales. Cuando los artistas entran en el espacio y comparten no solo su forma artística, sino también su vínculo con su gente, sus ancestros, sus instrumentos y sus tradiciones, la atmósfera del lugar se transforma. Los jóvenes tienen la oportunidad de ver a adultos que siguen aprendiendo, que siguen portando, que siguen practicando y que siguen eligiendo la cultura como una forma de supervivencia y expresión. Ese tipo de modelaje es importante. Les transmite a los jóvenes que su identidad no tiene que estar completamente definida para ser honrada; puede ser explorada, puede ser practicada, puede ser recuperada pieza a pieza.
El lienzo colectivo y los proyectos artísticos comunitarios también han ofrecido otro tipo de voz. Es posible que algunos jóvenes no siempre sean los primeros en hablar, pero dibujarán, se moverán, tomarán fotografías, organizarán materiales, ayudarán con la comida, apoyarán a un compañero o se harán presentes a través del trabajo de sus propias manos. He recordado que el liderazgo se manifiesta de manera distinta en cada joven. Para algunos, liderar consiste en hablar ante un micrófono. Para otros, implica asegurarse de que el espacio esté listo. Para otros más, significa ayudar a un amigo a participar, recordar el ritmo, compartir una historia familiar o, simplemente, sentirse cada vez más cómodos en la sala, semana tras semana, de un modo discreto.
Este programa también me ha enseñado que el liderazgo juvenil requiere cuidado, estructura y paciencia. Hemos visto a jóvenes asumir roles en comités, practicar la comunicación, apoyar en la logística, participar en la planificación creativa y prepararse para la celebración final. También hemos sido testigos de los desafíos de aprendizaje, muy reales, que esto conlleva: la asistencia, la constancia, el cumplimiento de compromisos, la confianza en uno mismo y la rendición de cuentas. Sin embargo, en lugar de ver estos aspectos como fracasos, los considero parte del trabajo mismo. Estas son las habilidades que los jóvenes han venido a practicar aquí. El trabajo comunitario nos exige aprender a cómo presentarnos en los espacios, cómo comunicarnos, cómo reparar vínculos, asumir responsabilidades y seguir adelante.
He reflexionado de manera especial sobre las formas en que los jóvenes líderes están aprendiendo a ocupar su propio espacio. Algunos jóvenes son, por naturaleza, más expresivos, mientras que otros necesitan una mayor invitación, aliento o un distanciamiento de las dinámicas familiares habituales para poder descubrir su propio potencial de liderazgo. También he estado reflexionando sobre cómo podemos apoyar a las mujeres jóvenes y a los jóvenes de expresión *femme* para que se sientan empoderados para liderar, especialmente en aquellos espacios o grupos donde los chicos tienden a ocupar un mayor protagonismo. Estas observaciones me parecen importantes, ya que el programa no se limita únicamente a la educación cultural; se trata también de poner en práctica el tipo de comunidad en la que decimos creer: una comunidad donde la voz de cada persona tiene valor y donde el liderazgo se comparte de manera intencionada.
La naturaleza multilingüe del programa ha constituido, asimismo, una parte hermosa y necesaria del proceso de aprendizaje. El español, el inglés, el portugués y los numerosos «lenguajes culturales» transmitidos a través de la música y el movimiento conviven armoniosamente en este espacio. La interpretación, los materiales traducidos y la planificación lingüística no son meros aspectos logísticos; forman parte del proceso mismo de construcción del sentido de pertenencia. Cuando un joven tiene la oportunidad de escuchar, hablar, hacer preguntas o participar en un idioma que siente más cercano a su hogar, algo se abre en su interior. Esto nos recuerda que la unidad no exige uniformidad; la unidad nos invita a hacernos espacio mutuamente.
Algunas de las observaciones más conmovedoras han surgido de los pequeños momentos: la celebración de un cumpleaños; o ver a un joven sentirse más integrado por el simple hecho de haber podido conectar con los demás en portugués. Alguien que se entusiasma por aprender de un artista ante quien, en el pasado, se sentía nervioso. Un joven que se pone ropa que representa su identidad. Jóvenes riendo, bailando, comiendo, tomando fotos o estableciendo vínculos a través de algo tan familiar como el fútbol, la música o la comida compartida. Estos momentos pueden parecer pequeños, pero forman parte de los cimientos. Los jóvenes regresan a los espacios donde se sienten vistos.
A medida que nos acercamos a la celebración final, siento el peso y la belleza de lo que se ha cultivado. Los jóvenes se preparan no solo para presentar una actuación o un proyecto artístico, sino para compartir la evidencia de su crecimiento. Llevan consigo nuevas preguntas, nuevas relaciones y una comprensión más profunda de la unidad entre nuestras comunidades. Están aprendiendo que la afrolatinidad no es solo un marcador de identidad, sino una relación viva con la historia, la ancestralidad, la lucha, la alegría y el cuidado colectivo.
Por lo que más agradecida estoy es por el hecho de que este programa no les pide a los jóvenes que separen el aprendizaje del sentir. Les permite traer la curiosidad, la incertidumbre, el orgullo, la timidez, el entusiasmo, el duelo, la risa y el descubrimiento a un mismo espacio. Les da permiso para habitar el proceso. Les brinda el lenguaje para aquello que tal vez siempre han sentido, pero para lo cual no siempre han tenido el espacio para ponerle nombre.
Para mí, *Conectándonos MÁS* es un recordatorio de que, cuando se les brindan a los jóvenes espacios con raíces culturales para reunirse, crear, cuestionar y liderar, hacen mucho más que simplemente aprender sobre historia: comienzan a situarse dentro de ella. Comienzan a comprender que su voz está conectada con las voces de quienes les precedieron. Comienzan a ver que nuestras comunidades, aunque bellamente diversas, están unidas a través de la memoria, el ritmo, la resistencia y el amor.
Y, tal vez lo más importante, comienzan a creer que lo que tienen que decir importa.

















